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jueves, 20 de marzo de 2014

El océano al final del camino

Una historia no termina de verdad hasta que no empiezas la siguiente. Hasta entonces sus personajes seguirán vivos, hablarán en tu cabeza, querrán vivir escenas que no estaban previstas, patalearán si no escribes. Harán todo lo posible para que les hagas caso. Y eso es bueno porque significa que están vivos y la historia merece ser contada. Tiene alma, el alma de tus personajes. Pero tarde o temprano toca despedirse de ellos. Es un momento del que no puedes escapar: otros personajes a los que todavía no quieres tanto, porque apenas les conoces, llaman a la puerta.


En 2011 tenía muchos manuscritos a medio empezar, un batiburrillo de historias y personajes por los que no acababa de decidirme. Todos me tentaban pero ninguno me decía "escríbeme" de forma irresistible. Hasta que germinó la idea de El mar llegaba hasta aquí (aunque entonces no se titulaba así, claro) y me volqué en esos personajes. Desaparecieron las historias anteriores, las dudas, todo lo que no fuera el romance encallado de Leo y Adán bajo la lluvia. Escribir un primer borrador se parece a enamorarte: no sabes si encontrarás a alguien, pero cuando ese alguien aparece, lo que no sabes es cómo pudo existir algo antes de él.

Durante dos años y medio, les he visto crecer. A Leo y a Adán, también a Javi, a Marta, a Pedro, a Víctor, al venezolano que ordena estanterías... Todos ellos tienen una parte de mí y de todos ellos estoy orgulloso porque sus corazones laten (al menos para mí lo hacen). Aún pataleaban, aún reclamaban mi atención, exigían correcciones, frases más brillantes, querían cogerme de la mano y salir a jugar. Pero ya iba siendo hora de que se emanciparan. Su historia está completa y solo falta que sus habitantes encuentren su sitio. Tocaba despedirse de ellos, sí.

Ayer empecé un nuevo proyecto. Aún no sé dónde me llevará. Llevaba tiempo rondándome, incluso había empezado a hablar de esa historia en medio de otras conversaciones, sin venir a cuento. Y ayer por la noche por fin cogí un cuaderno de tapas negras que me regaló una amiga hace tiempo, escribí el título provisional en la primera página, y dejé que el bolígrafo se moviera entre mis dedos. Las palabras brotaron y enseguida esa historia que más o menos tenía acotada en mi cabeza, comenzó a crecer. Unas pocas frases y ya tomó caminos que no estaban previstos. Cobró vida.

Esta mañana es la primera vez en dos años y medio que no escucho a Leo y a Adán hablar en la playa. Hoy en su lugar hablaba un personaje que por no tener, aún no tiene ni nombre. Ha sido un momento triste pero también un alivio. Puedo maniobrar el timón, admirar otros paisajes y conocer a otras gentes con las que aprender cosas nuevas de mí mismo. Por su parte, Leo y Adán todavía tendrán que superar muchos retos hasta llegar al mar, pero ya no depende de mí. Como los hijos, se han hecho mayores y sé que conseguirán lo que se propongan.

lunes, 10 de marzo de 2014

Las mil y una noches

"Haz caso, escucha bien." Si alguien me pidiera consejo a la hora de revisar o dar a conocer su obra, este sería el único que le daría. Y lo diría desde el reconocimiento de ser alguien que no siempre sabe escuchar. Hay que hacer caso a los consejos de otros y también mantenerte fiel a tu obra. Parece contradictorio, pero diría que en ese cruce de caminos está la X del mapa del tesoro.


Todo se puede mejorar. En especial, ese manuscrito en el que llevas tanto tiempo trabajando. Mientras lo escribías, llegaste a creer que sería el mejor del mundo, y así debe ser, porque si algo no te entusiasma, ¿para qué lo escribes? Pero luego llega la revisión. Las revisiones, la auténtica odisea: pulir y pulir y seguir puliendo hasta que de puro desgaste, la piedra brilla. Es mejor revisar en frío: guardar la obra en un cajón y solo volver a ella cuando tus ojos sean lo más parecido a los de un lector virgen. Entonces tacharás sin piedad todo lo que no sirva y se sorprenderás ante las frases bien escritas, que también las habrá, igual que te sorprenderías de un libro que acabas de coger de la mesa de una librería cualquiera.

Me produce mucha ternura cuando alguien pone, generalmente en Twitter, que ha empezado a escribir una novela y que calcula que en cosa de 6 o 12 meses podrá moverla por editoriales y concursos. Ternura porque yo también hice mis cálculos con El mar llegaba hasta aquí y al final, si lo pienso, he pasado más tiempo revisándola que escribiéndola. Si es que revisión y escritura no son lo mismo, en realidad.

El primer borrador tardé menos de 4 meses en redactarlo: de Agosto a Noviembre de 2011. Fueron noches intensas donde las palabras fluían solas. A lo largo de Diciembre lo pasé a limpio y durante año y medio estuve revisándolo, hasta que por fin, plantándome ya en Mayo de 2013, imprimí el manuscrito, lo llevé al Registro, lo mandé a los amigos y me armé de valor para mandarlo también a agencias literarias y editoriales diversas. Entre Julio y Agosto, animado por las opiniones de esos primeros lectores, modifiqué algunas cosas, muy pocas y muy pequeñas, y entonces consideré que después de dos años de idas y venidas, ya estaba bien de cambios y el mar se quedaría como estaba. Había partes que aún se podían mejorar, pero me sentía cansado y no me creía capaz de enderezarlo más. Aquella era la mejor novela que yo podía escribir. Fin.

Como sea que en ninguna editorial ni agencia encontró su lugar, aparqué el manuscrito en un cajón (en un armario, en realidad: los dos cuadernos, todas las copias impresas, el atril que me regalaron para exponer el primer ejemplar, las plumas que también me regalaron para firmarlo, incluso guardé el marco con un prototipo de portada). Dolía, no nos vamos a engañar. Dolía que más allá de familia y amigos, nadie compartiera mi entusiasmo. Había gastado todos los cartuchos y necesitaba aclarar la mente, así que me embarqué en nuevos proyectos: La noche nos alumbrará, entre otros.

Y en esas estaba cuando un amigo escritor me pidió leer El mar llegaba hasta aquí. Acabábamos de conocernos en persona después de más de un año de interactuar por las redes y saber el uno del otro por un amigo en común. Era Diciembre de 2013 y yo llevaba tiempo sin mandarle el manuscrito a casi nadie; se había convertido en ese hijo feo del que prefieres no hablar mucho. Pero a mi amigo se lo mandé porque después de charlar de Murakami y de otros gustos en común, pensé que si él no comprendía mi libro, quién iba a hacerlo. Se lo mandé y él lo leyó y me dijo muchas cosas, pero de entre todas sus críticas y sugerencias, bastó una frase suya para que todo cobrara sentido.

Muchos amigos que lo leyeron antes opinaban parecido, pero solo ahora que yo ya no aspiraba a nada (me había bajado del burro, si queréis), solo ahora comprendí que todos estaban en lo cierto, cada uno a su manera. Todo se puede mejorar y más importante: ahora sabía cómo hacerlo. Descubrí que podía cambiar algunos capítulos, incluso quitarlos, sin que la novela perdiera fuerza. Al contrario. Podé, reencaucé aquello que siempre estuvo ahí, potencié otros elementos ya presentes y antes de darme cuenta, todos los consejos anteriores confluyeron. En una novela, todos los elementos trabajan juntos. Tiene que ser así, tienes que hacer para que así sea. Por eso, cuando tuve la llave del timón, fue rápido. Un pequeño cambio en un capítulo daba sentido a los siguientes. Me volví a enamorar de algunas frases y encontré las que faltaban. Apenas me llevó una semana, y sin ordenador propio. Y así el manuscrito se convirtió por fin en novela. En la mejor novela que yo podía escribir aquí y ahora.

Han pasado dos años y medio desde que escribí sus primeras frases y El mar llegaba hasta aquí empieza a dar unos pasos diminutos que hace apenas unos meses no creía posibles. Por fin comprendo que todo el proceso fue necesario. Gracias a todos quienes han formado parte de él, de una forma u otra. Veremos en qué puerto toca recalar. Así pues, a los que estéis escribiendo, mi humilde consejo es: haced caso, escuchad bien. Permitid que os lean. Puede que no sea ahora mismo, pero algún día todas esas opiniones y todos esos consejos cobrarán sentido.

viernes, 21 de febrero de 2014

13,99 euros

100 ejemplares, 200, 500, 1.000. Las tiradas mínimas son uno de los quebraderos de cabeza a la hora de autopublicarte. Sí, claro, confías en la calidad de tu obra, pero toca ponerse realistas: ¿dónde almacenas tantos libros? ¿En qué librerías los venderás si la mayoría no aceptan obras sin editorial? ¿Y si no los vendes? Por muchos contactos que tengas en las redes sociales, eres consciente que solo una pequeña porción de ellos se interesarán por tu obra, no digamos ya comprarla. Pero sobre todo, te preguntas: ¿cómo los pagarás? Estas tiradas, por pequeñas que sean, no son baratas.  Algunos optan por el crowdfunding, otros simplemente se resignan diciendo: "No tengo un duro".


Yo no me atrevía con el crowdfunding pero tampoco quería resignarme. Mientras el manuscrito de El mar llegaba hasta aquí continúa su odisea, y hasta que descubra qué ocurre con él, necesitaba airearme, pensar en otro proyecto, lanzar algo como experimento. Así empecé a gestar La noche nos alumbrará (aunque en un primer momento se titulaba Nuestras sombras de neón), donde transformaría mi blog en un libro. Tenía claro, eso sí, que no quería (ni podía) gastarme dinero. Valoré lanzarlo solo como ebook: sería la forma más cómoda y barata de hacerlo. Pero claro, me parecía un contrasentido lanzar un ebook yo, que no tengo lector de libros electrónicos y prefiero el fetichismo del papel. Me puse a buscar presupuestos de imprentas, pero todo se salía de mi presupuesto. Y aunque el crowdfunding volvió a planear sobre mi cabeza, me entró el miedo de que, por inexperiencia, no saliese bien y el proyecto muriera antes de nacer.

Entonces leí en algún blog inglés acerca de la existencia de CreateSpace, el servicio de impresión bajo demanda de Amazon. Hablaban de coste 0 para el autor, de libertad absoluta. No terminé de creérmelo. Parecía demasiado bonito y sencillo. Alguna trampa tenía que haber; a saber cómo sería la calidad del libro, o quizá solo funcionaba en EEUU. Entonces me acordé de aquellas máquinas enormes que hay en algunas librerías de Londres y que imprimen el libro que tú eliges al momento: muy útil para obras descatalogadas o de interés minoritario. La última vez que estuve en Charing Cross Road, las estaban probando en público y hasta nos dejaron tocar el libro que acababa de salir de la máquina. Aquel tacto húmedo no se me olvidará, fue la primera vez que toqué un libro recién impreso. Me sorprendió que pareciera un libro "de verdad", como si aquel cacharro tuviera que producir hamburguesas en vez de libros.

Pensé que quizá CreateSpace utilizaba un sistema similar. Y ya había tocado un ejemplar nacido de esta manera, tampoco estaría tan mal si mi libro nacía también así. Así que creé una cuenta y fui rellenando punto por punto los formularios que iban apareciendo. Para mi sorpresa, todo estaba guiado y bien a la vista, para todo hay tutoriales, incluso para algo que no domino como los datos fiscales. El primer paso importante fue decidir el tamaño del libro. Se sentía como elegir el sexo de tu bebé o el color de sus ojos. Comparé los tamaños de varios libros que tenía en la tienda, hasta dar con uno que encajaba en mi "formato ideal", y seleccioné lo más parecido. A partir de ahí, venía el trabajo de verdad: crear la portada y maquetar el interior página a página. Para lo primero, conté con la ayuda de mi amigo Jose Soriano, que trabaja en publicidad y siempre está dispuesto a echar una mano. Mientras él diseñaba, yo me puse con la maquetación a partir de la plantilla que me descargué del propio CreateSpace.

Que a estas alturas ya me hubieran facilitado un ISBN fue extraño. Todo ocurría de verdad y eso era lo que más costaba de creer. La noche nos alumbrará existía en una base de datos, no solo en mi ordenador. Mil quebraderos de cabeza después (un cursillo acelerado de espaciados, tipos de letra, tabulaciones...), el PDF estuvo listo y la portada también, todo según los parámetros que pedía el servicio. Aunque el validador online daba los archivos como válidos, yo no las tenía todas conmigo. Temblando, le di a aceptar en el último paso ("Authorize proof"), decidí los precios teniendo en cuenta el coste de impresión y mi margen de beneficio, los canales de venta aparte de Amazon, lo envié al servicio Kindle para que también se crease un ebook... y esperé. Según la web, tardaría unos 7 días en estar a la venta. Me planifiqué bien, tocaba dar a conocer un proyecto que había llevado medio en secreto, pero por suerte tenía días de sobras...


O eso creía. Porque en apenas dos días, el libro ya estuvo disponible. Pude ver cómo se creaba la ficha y en cuestión de horas, el "No disponible" se convirtió en un botón de "Comprar". No sé si tuve suerte o es que las cosas lentas, cuando por fin encarrilan, acaban acelerándose así. El caso es que pude comprar un ejemplar y comenzar a darlo a conocer. Y enseguida me llegó y sí: ese archivo había cobrado vida y ahora era un libro, el mío. Podía acariciarlo, hojearlo. Desde entonces, cada vez que alguien compra La noche nos alumbrará, Amazon se lo manda directamente. No tengo que preocuparme de nada y hasta puedo monitorizar las ventas en tiempo real (o casi). Esta semana, además, he encargado un lote de ejemplares a precio de coste: algunos para la presentación del libro y otros para repartirlos yo mismo en algunas librerías amigas.

Esa es la contrapartida de tener todo el control: no solo tienes que aprender sobre la marcha, la promoción también tienes que hacerla tú. Dar voces en las redes sociales, ingeniártelas para no ser más pesado de lo necesario, mandar notas de prensa al vacío, patearte el barrio o la ciudad en busca de brazos que lo acojan... Pero al menos tienes el mejor escaparate inicial: Amazon. Y sin invertir más dinero que los cafés que tomes durante las mil revisiones y los 5,40 euros del registro (paso opcional pero siempre recomendable). Si algún día tengo que volver a autopublicar, ya no tendré que hacer números ni pensar en crowdfundings. Repetiré aquí.

La noche nos alumbrará

jueves, 6 de febrero de 2014

La hoguera de las vanidades

"No hablamos de libros autoeditados". Ha sido la respuesta más repetida al empezar a mover el libro La noche nos alumbrará. No lo decían medios importantes; lo decían blogs más o menos pequeños, blogs como el mío, ya que por ellos me parecía oportuno iniciar la promoción. Les presentaba mi libro y les ofrecía la posibilidad de pasárselo en pdf para que le echen un vistazo y si les apetece, reseñarlo. Algunos sí se han ofrecido a leerlo, pero la mayoría respondían con algo que venía a decir: "No hablamos de libros autoeditados".


Para mí, era como decirme que no hablan de libros con las tapas rosas. O que no hablan de autores que se llamen Alex o David o Nicolás. Es decir: que un libro sea autoeditado no debería ser suficiente motivo para descartarlo así de entrada. Hay razones que sí puedo comprender: algunos me decían que no les interesaba el tema o que solo leen ficción (vale), otros que ya tenían muchos libros en la mesita de noche (a mí también me pasa). Pero a los demás, me quedo con las ganas de preguntarles: ¿hoy en día, qué te garantiza un logo más en la portada?

Será que estoy acostumbrado a que en cine y música, surjan proyectos interesantes por parte de gente con pocos recursos pero mucha imaginación y talento. Y en estos campos se valoran estos proyectos autofinanciados: gran parte de la gracia de La Bruja de Blair está en los poco medios con que se hizo. ¿Cuántas películas que empezaron en un garaje han derivado en franquicias taquilleras? La cantante Florrie gestionaba ella misma su web, cuidaba a los fans, autopublicaba canciones en iTunes y además las ponía a disposición del público... desde que fichó por una multinacional hace casi 2 años, apenas ha lanzado una canción y ha cortado el contacto con los seguidores (será que todavía no le han asignado un community manager). Se alaban los grupos que comparten maquetas autoproducidas. Se genera ilusión por los comienzos de gente que quizá en el futuro destaque. Pero parece que en literatura seguimos estupendos, si no hay logo de editorial en portada, desconfiamos.

Como si olvidáramos que, con la crisis, el dinero y los beneficios inmediatos se han impuesto a todo lo demás. Y eso también ha ocurrido en un terreno sagrado como el literario. Las editoriales se han cerrado en banda a todo lo que no sea un valor seguro (superventas en el extranjero, escritor ya famoso o tema de moda). Incluso las editoriales pequeñas, que son las que tradicionalmente apostaban por autores desconocidos y obras minoritarias, ahora te piden que les vuelvas a mandar tu manuscrito dentro de uno o dos años porque están colapsadas: publican poco y leen menos, no hay personal. Ante este panorama, a menos que tengas un golpe de suerte, autopublicarte parece la única salida lógica si no quieres que tu obra se quede en el cajón.

A los libros autopublicados se les suele achacar que tienen faltas de ortografía o que les falta detrás el trabajo de un editor o que ni siquiera tienen portadas profesionales. Y sí, es cierto: ocurre, es casi inevitable por más cuidado que tengas. No es tu profesión y lo haces lo mejor que puedes con las herramientas de que dispones. Pero todo eso te lo puedes encontrar también en un libro que una editorial te vende a 20 euros. Creo que podría contar con los dedos de una mano los libros que he leído a lo largo de mi vida y no tenían algún fallo. Incluso a las editoriales más famosas (y con más trabajadores en nómina) se les escapan desajustes de maquetación, errores garrafales en la portada que les obligan a retirar toda una tirada...

Sin ir más lejos, mi última lectura estaba llena de erratas y algo más grave: dos traducciones en castellano y catalán hechas por la misma persona pero que difieren por completo en matices, en el orden de las frases, en contenido. (En una versión, la protagonista tiene "una reunión", en la otra queda "con alguien para resolver un asunto de trabajo"; en una, no ve porque está "muy oscuro", en otra porque "las farolas no daban suficiente luz".) Este desaguisado lo publica una editorial muy prestigiosa de la que cualquier librero os hablará maravillas. A día de hoy, aún no me han respondido a mi email sobre qué versión es más fiel al original.

Cuánto nos falta por avanzar en literatura... Avanzar o recordar. Porque incluso Proust y Poe recurrieron a la autopublicación en sus primeras obras. A ellos también les hubieran dicho ese "No hablamos de libros autopublicados". Mi madre me dice que a pesar de todo, tengo que estar contento. Que ya he vendido más libros que cuadros vendió Van Gogh en vida. Y es verdad. He tenido mucha suerte. No soy Proust, no soy Poe y desde luego no soy Van Gogh, pero he vendido una cifra respetable de ejemplares y por ello estoy contento y agradecido.

Y a pesar de que las puertas no se abran, ni siquiera las más modestas y al alcance, a pesar de no tener el logo de una editorial junto a mi nombre, yo sigo creyendo en mi obra. Creo en este libro y en el manuscrito de El mar llegaba hasta aquí. Ahora sé que autopublicar la novela, si es que lo hago, no será tirar la toalla sino reivindicarla. Autopublicas porque le tienes cariño a tu libro y quieres compartirlo, que la gente lo lea. Y en eso no habrá ninguna editorial que pueda ganarte si decides tomar el camino solitario: en cariño y respeto a tus lectores, a ti mismo, a tu obra. Echarás de menos la promoción y el apoyo de una editorial, los brazos receptivos de las librerías y blogs, pero sabrás que cada ejemplar leído será gracias a tu esfuerzo.

martes, 15 de octubre de 2013

Confesiones de una máscara

Siempre hay un libro que te marca más que el resto. Te hace exclamar: "¡Quiero escribir así!". Y quieres ser escritor, así que te pones a escribir. Descubres enseguida que escribir es mucho más que enlazar palabras. Tienes que medir los tiempos, sintetizar, mostrar, enganchar, dosificar, revisar... Tantas cosas. Y aun así, sigues haciéndolo. Confías en el entrenamiento.


Pero por encima de todo, sigues leyendo. Aprendes de los maestros. Nadie mejor que ellos. Desde pequeño te han maravillado con sus páginas. Mundos vivos y personajes heroicos. Los buenos escritores hacen que parezca todo tan fácil. Lees en entrevistas y biografías sobre sus historias de éxito fulminante, el libro que los llevó al éxito. Éxito a veces de crítica, a veces de público; a veces, las menos, de ambas cosas. Jóvenes de 28 que ganan dos premios, sesentones que de repente se hinchan a vender. Tú escribes y llegas a convencerte de que serás uno de ellos. Con los años, has aprendido a enlazar palabras y a corregir mucho. ¿Qué podría salir mal?

Siempre hay un libro definitivo que te hace abrir los ojos. Nunca escribirás así de bien. Por mucho que lo intentes. Esa naturalidad. Esa capacidad para expresar tanto con tan poco. Esos ojos que captan lo que nadie más ve. Tú no tienes esos dones. Ni nunca los tendrás. En el mejor de los casos, podrías llegar a ser una imitación. De las que se detectan al momento; bastaría con morder la moneda. Tus frases, las mismas que tanto te gustaban antes, de repente se revelan como lo torpes que siempre fueron. ¿Y a quién le podría interesar tu protagonista? Si ni a ti te importa ya lo que le pase. Se ha transformado en el dibujo del niño cuando se cae de un álbum viejo. Aquellos garabatos de colorines en algún momento fueron importantes, ahora solo son eso: garabatos. Espirales rojas, azules y verdes.

A partir de ese descubrimiento, te dejarás de sueños. Asumes que talento, reconocimiento y suerte te serán ajenos. Peor sería convertirte en uno de esos juntaletras que por carambola se convierten en best sellers gracias a una novela mediocre. No. En adelante, escribirás para ti mismo. Como hacías antes. Eso será más honesto. Tu lugar será la segunda fila de quienes lo intentaron y nada más. Y seguirás degustando los libros de otros. Eso sí puedes hacerlo. El cosquilleo inconfundible de un buen libro. Agradeces esa sensación tan esquiva. Al adentrarte en sus páginas, recuerdas con nostalgia aquellos días en que todo parecía tan fácil. Ahora sabes que no lo es. Escribir es difícil. Casi imposible. Y por eso disfrutas tanto leyendo a los demás cuando les sale bien. Ellos sí han llegado a puerto. Son héroes. Y como tales los aplaudes.

jueves, 12 de septiembre de 2013

De repente el último verano

La semana pasada, un amigo se embarcaba en la aventura de la autopublicación. Llevaba casi un mes contándome un proceso que conozco bien pero siempre se siente como nuevo y emociona leerlo de otras manos: terminar el relato, revisarlo, comprobar que sí, que se sostiene, buscar una imagen de portada. Él se atrevía a ir más allá y apostaba por darlo a conocer. Ahí sí que entró en terrenos que yo desconocía: editó el archivo como RTF, lo ajustó a los parámetros de Kindle, lo envió a Amazon para Amazon... et voilà, al día siguiente vio la luz. Resultado: tras 24 horas de intensa promoción, lo habían comprado apenas media docena de sus cientos de seguidores en las redes sociales.


Y me dio pena. Porque por mucho que él se riera, un encogimiento de hombros modesto, "así son las cosas", y de hecho ya antes de publicarlo me había dicho que no esperaba grandes resultados... pienso que en el fondo todos escribimos para que nos lean. Y estamos convencido de que así será. Que escribiremos y nos leerán con los brazos abiertos. A mí me ha pasado. Mientras redactaba la novela, una parte de mí, pequeña pero implacable, sentía que estaba escribiendo algo importante, que perduraría. Algo que el mundo necesitaba leer justo ahora. Cada "me gusta" a una publicación referente al manuscrito la veía transformada en el futuro en cientos, cuando no miles, de ventas.

En cuanto la terminé, la mandé a muchos amigos y pocos se volcaron en ella. La mayoría la dejaron para más adelante. Para cuando tuvieran tiempo. No pude entender cómo no la devoraban en menos de un fin de semana. Así que la mandé a más gente, con los mismos resultados. La única realidad es que a nadie le importa eso que has escrito. Como se suele decir, los escritores predicamos en el desierto. Una entrada de blog puede que tenga más o menos aceptación, se ve como algo simpático y que se lee en un par de minutos. Pero algo más largo requiere esfuerzo y concentración, y la gente tiene cosas demasiado importantes por hacer, mil cosas antes que sentarse a leer durante quinte minutos o media hora ese escrito al que tanto cariño le tienes.

No lo comprendí hasta que alguien me pasó a mí un texto suyo para que le diera mi opinión y permití que se escurrieran las horas y los días sin darme cuenta. Y sin leerlo hasta mucho tiempo después. No porque tuviera lecturas pendientes (la excusa preferida: "no es que no lea, es que tengo tanto por leer") o un exceso de trabajo, sino simple y llanamente porque ya bastante cómodo estaba en mi mundo como para sumergirme en el de otro. Al menos no estaba mirando el reality show de turno, me consolé. Supongo que entonces no fui consciente de que yo no era el único que había aporreado el teclado hasta altas horas, depositando ilusión en cada palabra, ni tampoco el único enamorado de sus personajes, ni mucho menos el único creyéndose ese elegido que algún día alguien descubriría. Todos nos creemos únicos.

Leí hace tiempo que un artista solo necesita 1000 seguidores fieles para poder vivir de su arte. Entonces me pareció una cifra razonable. Asumible, incluso. Ahora asumo que a un cantante quizá le resulte más o menos sencillo porque todos escuchan música, pero ¿leer? ¿Eso quién lo hace? Si hasta yo que me considero lector empedernido puedo tener temporadas en las que me demoro una semana o un mes con el mismo libro.

Y cuando pienso estas cosas me siento fatal, porque sé que nunca debería escribir para que me lean ni mucho menos para ganar dinero con ello, sino para mí mismo. Como escribo un diario o como pienso tantas cosas que no luego no llegan a materializarse. Pero no puedo evitarlo. Escribo y deseo que alguien me diga que eso es lo mejor que ha leído en su vida. Y cuando eso no ocurre, y no ocurrirá nunca, me da por jurarme a mí mismo que lo conseguiré la próxima vez, con el siguiente texto. De un proyecto naufragado al siguiente. Lo que falla en todos los casos es la mentalidad. Porque escribir ya escribo para mí, siempre me propongo escribir el libro que a mí me gustaría leer en ese momento exacto. ¿Por qué debería interesarle a nadie más? Tendría que sentirme satisfecho de haberlo terminado y de poder compartirlo al fin, tanto con aquellos que sí lo leen como esos otros que lo dejan a medias. Sí, quizá sea bastante recompensa haber llegado a puerto. Otras veces no lo logré y esta vez sí. "¡Vuelé! ¡Vuelé!", que diría el pterodáctilo de En busca del Valle Encantado.

lunes, 2 de septiembre de 2013

La carretera

La página en blanco. El hombre del saco de cualquier escritor. Incluso hablar de ella da miedo. Esta entrada, por ejemplo: primero he tenido que buscar el título y la fotografía de acompañamiento, demorar el momento en que empezara a aporrear el teclado y el recuadro de edición dejara de estar en blanco. Hablar de la página en blanco para llenarla es un viejo truco. A veces hasta salen buenas novelas por el camino, que se lo pregunten a Stephen King.


La página en blanco es un desierto y hay que transitarlo. Cuanto antes lo asumes, antes te pones en marcha. Durante mucho tiempo me negué a aceptarlo, tenía tal pánico de fallar que prefería ponerme a hacer cualquier otra cosa. Porque no soportaría escribir algo malo. Con el paso de los años, acercaba imparable el cambio de década, los 30 en el horizonte. Los personajes ya no luchaban con tanto empeño en mi cabeza, muchos hasta se cansaron de darme patadas en el cráneo. No sé si murieron o bien saltaron hacia la mente de otro escritor más valiente. El caso es que ya no estaban. Ya no hablaban. Los supervivientes que se quedaron conmigo merecían nacer. Se lo debía.

¿De qué iba a escribir? Si llevaba tanto tiempo sin hacerlo. Entre comillas, claro: el blog Sombras de neón no se escribía solo. Pero diseñar toda una historia, planificar escenas, diálogos, dar aliento a personajes hechos de palabras... eso eran palabras mayores. Hasta que me di cuenta de algo: no me costaba nada anotar cosas en los cuadernos. El miedo me lo daba la pantalla de ordenador. Tan blanca y luminosa, tan amenazante, circuitos más sabios que yo. Me miraba con desdén. Los cuadernos, en cambio, se abren cuando quiero y me permiten mancharlos a voluntad. Así que compré uno nuevo para empezar el manuscrito. Esperé días y días, a que llegara el momento oportuno.

Y el momento oportuno llegó con unas frases que leí en un blog. Decían algo así: "Es preferible escribir algo malo y tener que corregirlo después. Con una página en blanco no puedes hacer nada." Disparo de salida. De repente, el miedo a la página en blanco se transformó en miedo a dejar en blanco las 180 páginas de mi cuaderno. Eso sería mucho peor. De lo que escribí entonces a lo que finalmente estará en la novela, va un largo trecho de correcciones y revisiones. En los cuadernos (llené dos), solo moldeé el barro. Pero en ese barro estaba la semilla. Ahora, cuando releo aquellos cuadernos, sonrío ante la ingenuidad de una historia que aún estaba abriéndose paso, todas las escenas que al final no llegaron a ninguna parte. A algunas les tengo cariño. No tenían cabida en la novela, pero cumplieron su función de llenar la página en blanco. Que las musas te cojan trabajando, dicen. Quizá más adelante estas escenas eliminadas se conviertan en relatos, quién sabe:

Me hizo esperar en el comedor mientras ordenaba la habitación. Observé el orden escrupuloso, los libros de arte exhibidos para que la gente los viera mientras esperaba. Nadie los había hojeado jamás, ni una huella en las portadas. La mayoría eran de la editorial Taschen, así que tampoco se habrían gastado mucho en la decoración del piso. Había un buda gigante entre la entrada y la puerta de la cocina. Me imaginé a todos los que vivían en aquel piso tropezando una y otra vez con el maldito buda, debían de mascullar con cada tropiezo. Y el buda impasible a tanto ajetreo. Iñaki seguía ordenando la habitación, llegaban ruidos de mantas y cojines desde el pasillo. Tantas energías invertidas en algo que no era una cita pero tampoco un buen polvo.

La mayoría de escenas sobrevivieron. En los cuadernos son un ensayo de sus versiones definitivas, con todos los andamios a la vista y los actores sin maquillar. Qué adolescente me veo en esas frases de mi puño y letra, y no hace ni dos años que las escribí. También me sorprenden, aquí y allá, frases de las que sí estoy orgulloso, chispazos que permanecen en la novela terminada. Como todo lo demás, llegaron cuando puse el bolígrafo encima del papel.

No hay otra manera. Maté la página en blanco saltando al vacío. Más que valentía lo llamaría inconsciencia. Y a veces el vértigo jugó a mi favor. Hubo días que estaba tan inspirado que se me acababa el papel, escribía en los márgenes, con letra cada vez más pequeña, flechas para seguir el rastro. Y las palabras seguían fluyendo. Me pareció increíble que antes tuviera yo tanto miedo. Quiero seguir haciendo esto. Escribir, escribir, escribir.

sábado, 31 de agosto de 2013

De todo lo visible y lo invisible

Después de estudiar cine, durante un tiempo fui incapaz de disfrutar de las películas como hacía antes. Me pasaba esa hora y media que duraba cada película analizando cómo estaba hecha. En la pantalla ya no veía historias contadas con más o menos arte sino una mera sucesión de planos, contraplanos, secuencias, panorámicas, saltos de ángulo, fallos de raccord,  iluminaciones planas o expresivas, pistas que habían plantado los guionistas en cada escena para adelantar futuros giros de guión, tipos de personajes, la idea original. Me llevó años volver a disfrutar las películas sin más, ir al cine o apretar play y dejarme sorprender.


Supongo que por eso nunca he leído muchos manuales de escritura. No quiero que me pase como a mi madre, fotógrafa aficionada que después de un curso de fotografía, se bloqueó: tan preocupada por el diafragma y la luz y el tiempo de exposición que se había olvidado de lo más fácil, hacer clic cuando algo le gustaba tanto que tenía que capturarlo. Creo que en el arte hay mucho de ingenuidad, de frescura del momento. Por parte del creador y por parte del espectador. Confieso que nunca veo los making offs en los extras de los DVDs. Me gusta el hechizo, creer que los involucrados en la película consiguieron crear ese mundo, no que lo rodaron en Australia y que las criaturas fantásticas no estaban ahí y los actores tuvieron que repetir mil veces la toma hasta dar con la entonación exacta.

Pero claro, entiendo que se valora de forma más constructiva una obra de arte si conoces las herramientas, las técnicas y los materiales que tiene que utilizar el artista. Cuando admites que todos los artistas parten con igualdad de condiciones. Y así distingues quién es más diestro y quién más pasional, comprendes los méritos de ciertas obras teniendo en cuenta su época o su técnica. Muy importante todo esto si, además de disfrutar el arte, aspiras también a crearlo.

Con los libros, fijarme en cómo están escritos siempre ha sido algo natural para mí. Destripándolos es como más los disfruto, de hecho. Releo cada frase perfecta hasta entender por qué me lo parece. Decido qué diálogos me gustan y qué características comparten. El dominio de los tiempos. El barroquismo pop de Terenci Moix y las frases-bisturí de Bret Easton Ellis y la difusa frontera entre realidad y magia de Haruki Murakami. Las descripciones más inmersivas y las que solo están de florero. Las metáforas.

Destriparlos, sí. Hasta la última página. Lo hacía ya de pequeño, con los libros tipo "Elige tu propia aventura", que los releía y hacía diagramas hasta comprender su estructura y distribución, sus trucos, las trampas del autor para que intuyeras atajos donde sólo habría abismos y pozos que te llevaban de vuelta a la primera página. Buceo en los libros. Siempre he leído así, supongo que es la única forma en la que sé leer. Pero se parece más a seguir mi propio instinto que al academicismo que intuyo en un taller de escritura. Leo con atención lo que me apetece. No hay más misterios. Leer, leer, leer como único método de aprendizaje. Estos días, por ejemplo, leo El Palacio de la Luna de Paul Auster y me está dando una lección de vida y estilo. Con qué pocos ingredientes comunica, emociona, atrapa, con qué arte los engarza. Me da igual si es una obra maestra o no: yo aprendo.

miércoles, 28 de agosto de 2013

El retrato de Dorian Gray

Los personajes tienen vida propia. Tópico entre tópicos de los escritores. En mi caso, no hay mayor verdad. Para empezar, porque no los creo a partir de fichas. Es lo que recomiendan en todos los manuales de escritura: ordenar toda la información acerca de los personajes, edad, biografía, carácter, forma de hablar, intenciones y deseos, etc. Una cómoda ficha para consultarla en cualquier momento. Siempre lo intento, pero al segundo personaje ya me he aburrido y lo dejo a medias. Me digo que tengo las fichas en mi cabeza, pero no es verdad. Como los Gremlins, acaban campando a sus anchas, traviesos y a menudo ajenos a la historia que les tenía reservada.

Almuerzo a orillas del río de Pierre Auguste Renoir.

A modo de ejemplo: Ruth de El mar llegaba hasta aquí. Es un personaje muy secundario, la compañera de piso de Adán (el personaje del que el protagonista se enamora). Creo que Ruth solo aparece en dos escenas, pero quería que al lector le cayera mal desde el primer momento. La describo así cuando el protagonista llega a una fiesta y ella le recibe:

Ruth fingió que me reconocía, me saludó efusiva, hola, hola, llegas a tiempo, mientras en la cabeza hacía inventario de todas las personas que yo podía ser y no era. Y entonces, a medio pasillo, se giró con una mezcla de curiosidad y desconfianza, como si pudiera ser un vecino cotilla. Y me preguntó aquello, quién eres, todo lo borde que pudo y más. (...) Ruth era minúscula. Sus muñecas huesudas siempre se movían porque siempre estaba alterada y siempre parecía a punto de morder el aire con su dentadura de caballo. Aquella tarde entendí por fin por qué salía con la boca cerrada en todas las fotos que había visto repartidas por el piso.


Me inspiré en una jefa que tuve hace cosa de 10 años, cuando era teleoperador. La típica coordinadora que era todo sonrisas pero te hundía en cuanto tenía oportunidad. Siempre le vi un punto de Alien a su dentadura y para cuando necesité un personaje antipático, pensé en ella. Ni lo dudé. Pero cómo es esto de escribir, que en la siguiente escena importante que Ruth comparte con el protagonista, las cosas se ablandan entre ellos. No diré que se hacen amigos, pero sí derriban muchos muros y se abrazan en la distancia. Nada más lejos de mi intención inicial. ¡Si yo quería vengarme de aquella jefa!

Y sí, lo confieso: creo mis personajes a partir de gente que he conocido. En la mayor parte de los casos, desde el cariño. Todos los personajes importantes de la novela están hechos a partir de pedazos de amigos y conocidos: sus grandes gestas, con las que he aprendido, y todos esos detalles insignificantes en los que no puedo evitar fijarme y que supongo que los describen. Crearlos ha sido un poco como jugar a ser el doctor Frankenstein, porque no me limito a que X personaje sea Y persona real, eso no tendría ninguna gracia. Mezclo, modifico y por supuesto, invento, porque al fin y al cabo la novela es ficción y necesito comportamientos y actos nuevos. Marta, la mejor amiga del protagonista, es la suma de hasta 7 personas de mi alrededor, puestas en una coctelera y añadiendo unas gotas de limón para que al final, Marta sea Marta, y nadie más.

Manejando las vidas de tus personajes puedes jugar a ser Dios, pero ellos siempre se rebelan. No me gustan los escritores que los matan porque sí o que les obligan a hacer cosas que no quieren. Eso al final se nota. Cada personaje es un actor o actriz, tiene su papel, y solo ellos lo conocen. Tú vas descubriéndolo escena a escena, sorprendiéndote y desplegando a su paso la alfombra, la cámara, el micrófono, los focos para que puedan lucirse como merecen. Eso es lo mejor de algunas relaciones: cuando crees conocer a alguien y sigue sorprendiéndote para bien.

lunes, 26 de agosto de 2013

Estudio en escarlata

"Te lo has sacado de la manga". Para un mago, quizá sea un halago. Pero para mí, en pleno montaje de mi historia, fue una indicación clara de que algo no funcionaba bien. Pretendía sorprender, descolocar, por supuesto; que llegado a cierto punto el lector soltara "Ah, claro" al encajar las pistas. En ningún caso ese "No me lo veía venir" que se repitió con el primer borrador de la novela.


Desde que se lo dejé leer a los amigos más cercanos, admiro más que nunca a los buenos escritores de novela policíaca. Cómo consiguen despistarte. Es cierto que si lees de un tirón todos los relatos de Sherlock Holmes, acabas por adivinar los trucos de Arthur Conan Doyle, te adelantas a la solución. Pero hasta ese momento, has disfrutado del placer de que el final siempre te coja por sorpresa. La satisfacción de saberte tonto al no ser capaz de ver que todas las pistas las tenías delante. Tú también podrías haber resuelto el caso pero, claro, tú no eres Sherlock Holmes. El autor ha triunfado con su obra de orfebrería.

Y eso que parece tan fácil cuando funciona en los textos de otros, en realidad exige toda una serie de ajustes al escribir y planificar la historia. Es lo que he descubierto estos últimos meses. Lo que para mí era obvio, para un lector que parte de cero en el mundo que he creado, puede ser confuso o banal. Él sigue leyendo, ajeno a todas las pistas que intento darle y llegado el momento no entiende de dónde salen los nuevos sucesos. Una fiesta de Carnaval al girar la esquina en pleno agosto.

Viviendo cada día con mis personajes, perdí la perspectiva de mi propio texto. Como cuando la conversación viene y va en una fiesta y bromeas sobre un tema que los demás habían olvidado. Te miran como a un loco. Para cuando terminas de dar explicaciones, el chiste ya ha perdido su gracia. La tentación ante esos "Te lo has sacado de la manga", fue irme al extremo, ser obvio desde la primera página. Tampoco funcionó. Tuve que seguir ajustando para que la sorpresa fuera eso y no fuegos artificiales que explotan antes de tiempo.

Escribir es seducir. Tienes que desabrocharte dos o tres botones de la camisa. Ninguno más. Enseñando todas tus cartas demasiado pronto, se perdería el misterio. Nos gusta que nos embauquen lo justo, no que nos mientan ni que nos remarquen lo que ya habíamos entendido. Hay que dosificar la información. Píldora a píldora. Y en el balance entre decir mucho y demasiado poco, ocurre la magia. La sonrisa de complicidad, las manos cogidas, la cama.

sábado, 24 de agosto de 2013

Que empiece la fiesta

La puerta de acceso a una mansión. Así tendría que ser la primera frase de cualquier libro. Con grandes letras de metal, una verja dorada, que pueda abrirse de par en par, y te conduzca hacia un jardín tras el cual se da esa fiesta a la que todavía no sabes si te han invitado. Cuando me da por curiosear en una librería, cojo los libros por sus portadas y por los ecos que despiertan la combinación de autor y título. Pero al final es la primera frase la que decide la compra. Tengo que sentir un flechazo. Admiro a autores como Bret Easton Ellis, capaces de condensar todo el argumento de la novela en su primera frase: "A la gente le da miedo mezclarse con la circulación de los autopistas de Los Angeles" en Menos que cero o "Abandonad cualquier esperanza..." de American Psycho.


Así que me propuse conseguir un efecto parecido con El mar llegaba hasta aquí. El día que me senté a escribir el primer manuscrito, la primera frase brotó sencilla y obvia, como una margarita en el campo: "Siempre llovía". No podía ser otra. Dos palabras que definían la atmósfera de ese mundo que rondaba mi cabeza. Un mundo donde, cómo no, llueve día y noche sobre las ciudades, escena tras escena. Es una parte importante del argumento. Pero no tardé en considerar que como primera frase era algo blanda. Peor que eso: yo, que nunca compraría un libro que empiece con la frase: "Era una mañana de verano y el sol lucía en lo alto", había terminado por sucumbir a la presión climatológica.

Le di vueltas. Mantuve la intención de definir el mundo ya en la primera frase, pero tenía que hacerlo por todo lo alto. Necesitaba algo que sonase poderoso. Que le dejase claro al lector que tenía entre manos una historia donde no solo llovía, también pasaban grandes cosas. Así que retorcí una frase tras otra hasta que di con una que me convenció: "Tanta lluvia lo aplastaba todo". Mucho mejor. Ya no era una simple lluvia, ahora ni los edificios estaban a salvo. Estaba orgulloso de mi hallazgo.

Cuando el primer capítulo original quedó descartado, con él cayó también esa primera frase. Conseguí reubicarla más adelante, en medio de un párrafo, como si ya no tuviera ninguna importancia y me hubiera salido sin pensarlo. Pero lo importante es que mi primera página estaba otra vez huérfana. El capítulo que finalmente se quedaría como el primero empezaba entonces con un "Nadie quiere venir a Granada" que me gustaba mucho, pero que despistaría a cualquiera, ya que la novela, al fin y al cabo, transcurre en su 75% entre Barcelona y Madrid.

La salvación llegó pronto. Un día, hablando un amigo, nos dio por analizar la sensación de dejar a alguien. Esa despedida en el pasillo, el sonido de la puerta a tus espaldas, encontrarte solo con tu maleta en ese rellano y no saber hacia dónde tirar. Me había pasado a mí y le había pasado a él. Y le pasaba también al protagonista de mi novela. De hecho, ése era su punto de partida. Así aporreé unas pocas palabras:

"Un portazo, una maleta y un rellano."

Y supe que ya tenía mi primera frase. Ningún verbo, pero tres acciones claras. Con esa frase, además, acabé de definir la intención del manuscrito. El mar llegaba hasta aquí cuenta la historia de alguien que tiene que atravesar muchas puertas hasta encontrar su sitio. Alguien que, como yo en su día, tendrá que descubrir que los finales siempre son el inicio de algo más. El libro no podía empezar de otra manera que con un portazo. No será la mejor primera frase, pero en cuanto la escribí, supe que había venido para quedarse.

miércoles, 21 de agosto de 2013

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

El lunes recibí la invitación de otra editorial a mandarles el manuscrito completo. Hacía casi dos meses que no me ocurría. La euforia inicial se disipó enseguida, "ya he pasado por esto", me dije, pero aun así les mandé la novela. Y ahora toca esperar. Una vez más. Estos saltos emocionales, pasar de la euforia a la resignación, son bastante habituales cuando pienso en la escritura. No sé si a los demás les pasará. Recibes una opinión positiva y ya te convences de que tu libro traerá un soplo de aire fresco; enseguida te das cuenta de que no, que tu libro será solo uno más de los 70.000 que se publican en España, que en cualquier librería será solo un lomo delgado, perdido entre cientos, miles de ejemplares de autores mejores y más buscados.


Vienen bien estas curas de humildad. Distanciamiento para volver a conectar. Hace mes y medio, guardé las dos copias impresas de la novela por eso mismo. Llevo desde entonces sin tocarla, sin abrir siquiera el archivo .docx, para olvidarme del entusiasmo que sentí al acabarla y leerla entera y saber qué le parecía a los amigos más cercanos. Tengo que asumir de una vez que quizá para mí sea un libro especial, pero para los demás solo es otro más que seguramente nunca leerán, o lo dejarán a medias.

Tanto me he distanciado que ahora tengo miedo. Miedo de releer después de todo este tiempo y ya no estar enamorado de la historia ni de sus personajes. Que me parezcan blandengues, mejorables. Como cuando te reencuentras con un antiguo amor y no entiendes muy bien qué veías en él para que te gustase tanto. Si ya me entristece cuando vuelvo a leer algunas entradas de blog a las que tenía cierto cariño, y ahora me parecen escritas por alguien inexperto, alguien un poco estúpido a quien no me gustaría conocer, con la novela sería un duro golpe.

Claro que a veces, pocas pero ocurre, al revisitar un texto mío, pienso "¿Esto lo he escrito yo? ¡Pero si es bueno!". Y no negaré que ésa es la mejor sensación del mundo. Esa sorpresa. Es como haberlo escrito para mandárselo a mi yo futuro y darle un mensaje de ánimo. No te rindas, que irás mejorando. Lo dicho, locatis perdido.

lunes, 19 de agosto de 2013

A través del espejo y lo que Alicia encontró allí

"¿Cuánto hay de autobiográfico?". La pregunta estrella. Yo mismo me la hago cuando leo los libros de otros. Ese excitante cosquilleo al pensar que el escritor se está desnudando solo para ti. Por ejemplo, mientras leía La soledad de los números primos, no conseguí apartar la sospecha de que Giordano había escrito la novela con su propia sangre. Era todo tan creíble y crudo que solo podía ser verdad. Con su segunda novela, novela, en cambio, tuve otra sensación: que el autor se colocaba una máscara tras otra, escudándose en soldados tópicos, y solo al final volvía a desnudarse. Era la mejor parte del libro.


Todos utilizamos máscaras. Unos porque el trabajo les exige un rictus de faraón, otros porque no han salido del armario todavía. Yo, que siempre me he considerado tímido, pronto encontré en la escritura el único lugar donde podía ser yo de verdad. Escribiendo me sentía como cuando sabes que vas a estar solo en casa, y no te importa ir desnudo a la cocina. Nunca me ha importado escribir sobre lo que sufría, disfrutaba o rondaba por la cabeza. Me sirve de terapia. Antes lo disfrazaba con chicos heterosexuales que visitaban a su novia en el hospital y cantantes de pop prefabricado que en realidad eran robots. Historias que flojeaban porque aprovechaba la máscara para ocultar mi inexperiencia. Me di cuenta de que escribía mejor cuando hablaba de lo que me resultaba cercano.

Gracias al blog Sombras de neón, me acostumbré enseguida a verter en él mi día a día, sin máscaras. Tanto asimilé este método de escritura, que la novela la empecé con el mismo modo mental. Así, lo que iba a ser un historia de vampiros emocionales, acabó convirtiéndose en un resumen de lo que había aprendido a lo largo de los últimos dos años. Solo al terminar el libro, y dejarlo leer, y sobre todo releerlo yo mismo, me di cuenta de hasta qué nivel me había desnudado. Cosas que no me había dicho ni a mí mismo, ahí estaban, sobre el papel. Una amiga me hizo notar lo simbólico que era que en la última escena del libro, el protagonista termine sin ropa. Expuesto.

Y sin embargo, lo considero una novela y no una autobiografía, porque al final todo es ficción. Podría decirse que he usado lo vivido como documentación. Hay quien entrevista a varias geishas para escribir un libro sobre una de ellas. En este caso, solo tuve que transformar lo que me rodeaba, lo que había vivido yo y observado en mis amigos, coger solo lo que me servía, mezclarlo en la coctelera, exagerarlo, y sobre todo colocar piezas nuevas que encajaran y mejoraran la historia. Al fin y al cabo, no tenemos vidas tan interesantes. Hay que colocarles muchos filtros Valencia y adornos bonitos para que tenga sentido mostrarlas a otra persona. Me divertí mezclando fábulas y cicatrices, que parecieran lo contrario de lo que son.

En El mar llegaba hasta aquí, escenas en apariencia autobiográficas (algunos lectores medio se escandalizan, medio se ríen de que las haya incluido), solo lo son a un nivel emocional. Por ejemplo, ésta del primer capítulo...


Acabó llegando el día que me vi en el espejo del dormitorio, abierto de patas, con otro cuerpo que me aplastaba y Pablo muy lejos, en una silla, meneándose la polla por encima de sus calzoncillos nuevos de Aussiebum. No me miraba a mí, miraba al otro, que tampoco era tan guapo.


Nunca he vivido nada así. La imagen la tomé prestada de la película Wilde, donde Stephen Fry (interpretando a Oscar Wilde) observa a su amante follar con otro en la cama. La película la vi con 20 años, calculo, y me impactó especialmente esta escena. Era morbosa y triste. La rescaté como símbolo del final del amor. Y eso, el final del amor, sí que es algo que he vivido de cerca. Sentirte desplazado e intentar cualquier cosa para que se vuelvan a fijar en ti como antes.

En cambio, esta otra escena del capítulo 2, donde la amiga del protagonista conoce por fin al que será su pareja, tras meses persiguiéndole, y que parece copiada de la peor comedia romántica de Sandra Bullock, me ocurrió tal cual en la Alhambra. Solo que el chico era japonés y nunca llegué a saber su nombre.


Y allí estaba él. Jordi. Después de varios viernes buscándole sin éxito, lo descubrí. En medio de la carretera que lleva al castillo. Mirándome. Bueno, enfocándome con una cámara. Me estaba haciendo una foto. Esta vez pude mirarle yo de frente. No con el objetivo, con mis ojos. Me encendí entera, quería hacer el amor con él allí mismo. Le sonreí y él, después de apretar el obturador, bajó la cámara y también me sonrió. Clic.


Sé que si algún día me propongo escribir sobre una base en Marte, uno de los astronautas seré yo, y Marte una visión desmadrada de todos los Martes que he ido acumulando gracias a cómics y películas, los paisajes áridos recorridos y los sueños de infancia. No podemos escapar de nuestra forma de ver la vida. De cómo la vivimos. Quizá es hora de aceptarlo y abrazarlo. A mí es lo que más me gusta de los escritores: cómo me hablan de mi propio mundo a través de sus ojos. Los suyos y no otros. A veces sientes que sienten como tú y a veces te descubres nuevos detalles. Se crea una atmósfera tan íntima que, sí, llegas a pensar que están contigo desnudos en la cama. Que los conoces de toda una vida. Es un juego. Jugar a reconocerse. La máscara del lector y la máscara del escritor, bailando.